Había una vez una pata que había puesto cuatro huevos…

Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató.

Por alguna razón no llegó a comerse los huevos antes de huir, pero estos quedaron abandonados en el nido.

Una gallina clueca que pasó por allí, encontró el nido sin cuidados y su instinto la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos.

Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina como su madre y caminaron en fila tras ella.

La gallina contenta con su nueva cría, los llevó hasta la granja..Todas las mañanas después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el piso y los patos se esforzaban por imitarla.

Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra un mísero gusano, la mamá sacaba para todos sus polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos en sus propios picos.

Un día, como otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los alrededores de la granja.

Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila.

Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos de un salto se zambulleron con naturalidad en la laguna, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que salieran del agua.

Los patitos nadaban alegres chapoteando y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran.

El gallo apareció por los gritos de la madre y se percató de la situación.

-No se puede confiar en los jóvenes -fue su sentencia- son unos imprudentes.

Uno de los patitos que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo:

-No nos culpen a nosotros por sus propias limitaciones.

A veces pierde el codicioso lo que tiene en su poder queriendo tomar lo ajeno, de lo cual se dice tal fábula:

El perro, teniendo un pedazo de carne, pasaba por un río, en el que vió la sombra de la carne que él llevaba; y pareciéndole aquella mayor que la que él tenía, abrió la boca para tomar la sombra que aparecía en el agua. Y así se le cayó el pedazo de carne de la boca y se lo llevó el río, y se quedó sin lo uno y lo otro, perdiendo lo que tenía, al pensar alcanzar lo otro que le parecía mayor, lo cual no pudo tener.

Esta fábula significa que no debe el hombre, por codiciar lo ajeno y dudoso, dejar lo suyo que es seguro, aunque lo que codicie le parezca más. Y así según el refrán, quien todo lo quiere, todo lo pierde.

(Esopo)

Un día el zorro ponderaba al lobo la fuerza del hombre: no había animal que se le resistiera, y todos habían de valerse de la astucia para guardarse de él.

A esto respondió el lobo:

-Como tenga ocasión de encontrarme con el hombre, ¡vaya si arremeteré contra él!.

-Puedo ayudarte a encontrarlo-dijo el zorro-; ven mañana de madrugada y te mostraré uno.

Presentose el lobo temprano, y el zorro lo condujo al camino que todos los días seguía el cazador. Primeramente pasó un soldado licenciado, ya muy viejo.

-¿Es eso un hombre?-preguntó el lobo.

-No- respondió el zorro-, lo ha sido.

Acercose después un muchacho, que iba a la escuela.

-¿Es eso un hombre?

-No, lo será un día.

Finalmente, llegó el cazador, la escopeta de dos cañones al hombro y el cuchillo de monte al cinto.

Dijo el zorro al lobo:

-¿Ves? ¡Eso es un hombre! Tú atácalo si quieres, pero, lo que es yo, voy a ocultarme en la madriguera.

Cargó el lobo contra el hombre.

El cazador al verlo dijo:

-¡Lástima que no lleve la escopeta cargada con balas!

Apuntándole, le disparó una perdigonada en la cara. El lobo arrugó intensamente el hocico, pero, sin asustarse, siguió derecho al adversario, el cual le disparó la segunda carga. Reprimiendo su dolor, el animal se arrojó contra el hombre, y entonces este, desenvainando su reluciente cuchillo de monte, le asestó tres o cuatro cuchilladas, tales que el lobo salió a escape, sangrando y aullando, y fue a encontrar al zorro.

-Bien, hermano lobo-le dijo este-, ¿que tal ha ido con el hombre?

-¡Ay!-respondió el lobo-, ¡Yo no imaginaba así la fuerza del hombre! Primero cogió un palo que llevaba al hombro, sopló en él y me echó algo en la cara que me produjo terrible escozor; luego volvió a soplar en el mismo bastón, y me pareció recibir en el hocico una descarga de rayos y granizos; y cuando ya estaba junto a él, se sacó del cuerpo una brillante costilla, y me produjo con ella tantas heridas, que por poco me quedo muerto sobre el terreno.

-¡Ya estás viendo lo arrogante y mentecato que eres!- dijo el zorro. Echas el hacha tan lejos, que luego no puedes ir a buscarla.

(hermanos Grimm)