Tenía un caballero un criado nuevo, un mozo llamado Pedro que parecía un poco tonto. Para burlarse de él, le dió dos monedas y le dijo:
-Pedro, vete al mercado y cómprame una moneda de uvas y otra de ¡ay!
El pobre mozo compró las uvas, pero cada vez que pedía una moneda de ¡ay! todos se reían y mofaban de él.
Al darse cuenta de la burla de su amo, puso las uvas en el fondo de una bolsa y sobre las uvas un manojo de hortigas.
Cuando regresó a su casa, le dijo su amo:
-¿Lo traes todo?
Contestó el mozo:
-Si, señor está todo en la bolsa.
El caballero extrañado metió rápidamente la mano dentro de la bolsa y al tocar las hortigas, exclamó:
-¡Ay!
A lo que dijo el mozo:
-Debajo están las uvas, señor.

Un hidalgo recién llegado de América contaba un día a varios de sus vecinos las cosas que había visto en aquella parte del mundo. Hablaba así:
-Una vez vi una berza tan grande que daba sombra a trescientos hombres todos de a caballo.
A lo que contestó uno de los vecinos:
-No me parece tan grande, porque yo no hace mucho vi en un lugar de Vizcaya fabricar una caldera entre doscientos hombres y había tanta distancia de uno a otro que los martillazos que daba uno no los oía el de al lado.
Se maravilló mucho el hidalgo y preguntó:
¿Y para que querían esa caldera?
-¡Para cocer la berza que acabaís de decir!

Esbeltas figurillas con algo de humano y olvidado, de irreconocibles, surgen del silencio y sus murmullos, esparcen aromas indescifrables al viento, suaves alegrías que se perpetuan con cada cielo y cada luna, con los amores y sus músicas.
Presencias apenas presentidas que se escurren antes de que las alcance el rabillo del ojo o la conciencia, nostalgias arraigadas en lo más recóndito del recuerdo, embriagadas ideas que emanan de alma profunda de los tiempos e impregnan el ánimo de verdades añejas, soterradas, vigentes allá donde aún reina la ilusión y sus miradas de luna o de entusiasmo azul (del prólogo del manuscrito esencial de los gamusinos)

En Sevilla a un sevillano siete hijas le dió Dios

todas siete fueron hembras y ninguna fué varón.

A la mas chiquita de ellas

le llevó la inclinación

de ir a servir en la guerra vestidita de varón.

Al montar en su caballo

la espada se le cayó;

por decir, maldita sea,

Dijo: maldita sea yo.

El Rey que la estaba oyendo,

de amores se cautivó,

-Madre los ojos de Marcos

son de hembra, no de varón.

-Convídala tu hijo mío,

a los ríos a nadar,

que si ella fuese hembra

no se querrá desnudar.

Toditos los caballeros

se empiezan a desnudar,

y el caballero Don Marcos

se ha retirado a llorar.

Por qué llora Vd. Don Marcos

por que debo de llorar,

por un falso testimonio

que me quieren levantar.

No llores alma querida

no llores mi corazón

que eso que tu tanto sientes,

eso lo deseo yo.

Estando un padre y una hija en interesante conversación, esta le pregunta: Papá, ¿Que es la utopía? Mira hija, la utopía es como el horizonte, cuando tu das un paso hacia él, este da un paso hacia atrás, cuando avanzas dos pasos hacia ella, ésta retrocede dos pasos… Ya papá, y ¿entonces para que sirve la utopía? Pues eso hija, para CAMINAR.

Con esto quiero continuar contando estos cuentos o historias que hace años empecé a contar por Alburquerque