Kafka cuenta la historia de un hombre que buscando justicia, camina hasta el Palacio de Justicia. Frente a la puerta del palacio, un soldado monta guardia.

Como el centinela no le dirige la palabra, el hombre decide esperar. Espera todo un día, pero el guardia continúa mudo. 

Si mira para este lado, se dará cuenta que quiero entrar, piensa el hombre. Y ahí se queda.

Pasan días, semanas y años enteros. El hombre sigue frente a la puerta y el centinela sigue montando su guardia.

Pasan las décadas, el hombre envejece y ya no consigue moverse. Finalmente, cuando se da cuenta que la muerte se aproxima, reúne sus últimas fuerzas y le pregunta al guardia:

-He venido hasta aquí en busca de justicia. ¿Por qué no me dejó pasar?

-¿Que yo no lo dejé?, respondió sorprendido el centinela. -¡Usted nunca me dijo qué estaba haciendo ahí! La puerta siempre estuvo abierta, no había más que empujarla. ¿Por qué no entró?

Paulo Coelho

Un joven y exitoso ejecutivo paseaba a toda velocidad en su Jaguar de ultima generación. De repente, sintió un estruendoso golpe en la puerta, se detuvo y, al bajarse, vio que un ladrillo le había estropeado la pintura, carrocería y la luna de la puerta de su lujoso auto. Se subió nuevamente pero esta vez lleno de enojo, dio un brusco giro de 180 grados y regresó a toda velocidad al lugar donde vio salir el ladrillo que acababa de desgraciar lo hermoso que lucia su auto.

Salió del auto de un brinco y agarró por los brazos a un chiquillo y, empujándolo hacia el auto estacionado, le gritó a toda voz:

- “¿Qué rayos fue eso?, ¿Quién eres tu?, ¿Qué crees que haces con mi auto?”

Y, enfurecido, continuó gritándole al chiquillo :

- “¡Es un auto nuevo y ese ladrillo que lanzaste va a costarte muy caro!

- Por favor, señor, lo siento mucho! No sé qué hacer” – suplicó el chiquillo – “Le lancé el ladrillo porque nadie se detenía”

Las lagrimas bajaban por sus mejillas hasta el suelo mientras señalaba hacia alrededor del auto estacionado.

- “Es mi hermano”- le dijo – “Se descarriló su silla de ruedas, se cayó al suelo y no puedo levantarlo”.

Sollozando, el chiquillo le preguntó al ejecutivo:

- Puede usted, por favor, ayudarme a sentarlo en su silla? Está golpeado y pesa mucho para mí solo, Soy muy pequeño”

Visiblemente impactado por las palabras del chiquillo y por el espectáculo que estaba viendo, el ejecutivo tragó sus palabras. Emocionado por lo que acababa de pasarle, levantó al joven del suelo, lo sentó nuevamente en su silla y sacó su pañuelo de seda para limpiar un poco las cortaduras y el sucio de sobre las heridas del hermano de aquel chiquillo tan especial.

Luego de verificar que se encontraba bien, miró al chiquillo y éste le dio las gracias con una sonrisa que no tiene posibilidad de describir nadie.

- DIOS lo bendiga, señor, muchas gracias” – le dijo.

El hombre vio cómo se alejaban muy dificultosamente y, con mucho esfuerzo, el chiquillo empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano hasta llegar a su humilde casita.

Cuentan que el ejecutivo nunca hizo reparar la puerta de su auto. Ha mantenido la hendidura que le hizo el ladrillazo para recordarle el no ir por la vida tan distraído, arrogante y tan deprisa que alguien tenga que lanzarle un ladrillo para que preste atención.

DIOS normalmente nos susurra en el alma y en el corazón pero hay veces que tiene que lanzarnos un ladrillo a ver si le prestamos atención.

Tú escoges: Escuchar el susurro o el ladrillazo.

AHORA, TÍRASELO A UN AMIGO TUYO…

Dice una linda leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y, llegados a un determinado punto del viaje, se pusieron a discutir.

El ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:

“Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro”.

Siguieron adelante y llegaron a un oasis, deonde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado estuvo a punto de ahogarse, pero fue salvado por el amigo. Al recuperarse, tomó un estilete y escribió en una piedra:

“Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida”.

Intrigado el amigo preguntó:

- ¿Por qué, después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro amigo respondió:

- Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo. Pero cuando nos sucede algo grande, debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, de donde ningún viento del mundo entero podrá borrarlo.

(J.C. Bermejo)

Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno, y las condiciones de trabajo mejores aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel.

El primer día se presentó al capataz, que le dió un hacha y asignó una zona del bosque.

El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar.

En un solo día cortó dieciocho árboles.

-Te felicito -le dijo el capataz-. Sigue así.

Animado por la palabras del capataz, el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó muy temprano.

A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque.

A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más que quince árboles.

-Debo estar cansado- pensó; y decidió acostarse con la puesta de sol.

Al amanecer se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó a talar ni la mitad de esa cifra.

Al día siguiente fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.

Inquieto por lo que le diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta el desfallecimiento.

El capataz le preguntó:

-¿Cuando afilaste tu hacha por última vez?

-¿Afilar?. No he tenido tiempo para afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles.

(A. Beauregard)