“En el país de los cuentos había una vez un pequeño duende. Un duende muy travieso que siempre andaba riendo y saltando de un lado para otro…

Vivía en una casita toda rodeada de montañas. A su lado, un pequeño río que discurría placidamente por la falda de la ladera describiendo un paisaje difícil de imaginar……….

Lo que mas gustaba al duendecillo era ver como cada mañana, con los primeros rayos de sol, todas las flores de su jardín iban abriendo una por una sus hojas…..

Uno de aquellos días, como muchos otros, salió a pasear a la montaña. Y caminando entre las rocas encontró una flor: era una flor preciosa, nunca había visto otra de igual belleza. Le había cautivado tanto que paso toda la tarde mirándola. Era maravilloso verla cuando se contorneaba cada vez que el viento acariciaba sus hojas………….

Al siguiente día y al siguiente, y al otro, volvió para estar a su lado y mirarla. Un día como tantos otros, nuestro duendecillo vio como de una de sus hojas caía una pequeña lagrima. No entendía como la flor más maravillosa del mundo podía estar triste. Se acercó a ella y le pregunto: -”¿Por que lloras?”. -Y contesto la flor: “me siento triste aquí entre las rocas, sin nadie que me mire salvo tu. Me gustaría vivir en un jardín como el tuyo y ser una mas de entre las flores. Además, te concederé el deseo que mas quieras si me llevas allí”. Fue entonces, cuando el pequeño duende la tomo entre sus manos y con todo el cariño del mundo la planto en el lugar mas bonito de su jardín………..

Una vez cumplido el deseo, la flor le dijo al duendecillo: – “Y bien, ahora que me has llenado de felicidad al traerme aquí, ¿que es lo que mas deseas en este mundo?”. Y el duendecillo entonces, la miro fijamente y contesto : – “Quiero ser flor como tu para sentirme por siempre a tu lado”.

Y colorín colorado, en el país de los cuentos, el final ha llegado.

Jorge Bucay

El joven discícupulo de un filósofo sabio llega a casa y le dice a éste:

-Maestro, un amigo estuvo hablando de ti con malevolencia…

- ¡Espera! -le interrumpe el filósofo-. ¿Hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

-Si. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

-No. Lo oí comentar a unos vecinos.

-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme ¿es bueno para alguien?

-No, en realidad no, al contrario.

-¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

-A decir verdad, no.

-Entonces- dijo el sabio sonriendo-, si no es verdad, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

(J. C. Bermejo)

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos en la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocuaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incomodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era sus deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un duro golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

(Mario Benedetti)

Tomás García, director general de la Junta, fallece en accidente de tráfico en Portugal ( El Periódico Extremadura – 04/04/2007 )

Cuando un ser querido te falta de pronto, siempre te queda la sensación de cuantas cosas podrías haberle dicho que el tiempo no te ha dado la oportunidad de hacerlo y más aún cuando por motivos que siempre te justifica la vida tanto de unos como de otros, sientes que esa relación se ha descuidado y no has sabido mantenerla candente en el tiempo. Notas que de repente todo se ha terminado, como con click de apagar una lámpara, solo que en esta ocasión no vuelve a funcionar cuando le vuelvas a dar al botón, ya no hay marcha atrás y en ese momento empiezas a pensar tantas cosas que te han quedado pendientes que empiezan a pasar todas las secuencias posibles a una velocidad de vértigo.

Por eso primo, quiero desde estas humildes lineas que pueda escribir un contardor de historias o cuentacuentos, recalcar unas palabras que pronunció un amigo tuyo en tu funeral.

Te has ido con ellos, seguramente estarás allá con nuestros padres, con la prima Mary, con el primo Luisito, con Paqui, con Justi y tantos otros que nos esperareis porque allí iremos llegando todos. Pero es verdad cuando lleguemos ya lo tendrás todo preparado y organizado, pués al fin y al cabo yo siempre que te mentaba hacía referencia a mi primo el “Capitán Araña”, el que tenía que estar arañando en todos los lados y metido en todos los caldos. Es verdad que si algún día vemos que el cielo cambia de color y las nubes de diseño, no podremos echarle la culpa al cambio climático, los que sabemos que estás allí arriba, ya hemos descubierto la causa.

Aquí abajo el vacío que dejas es bastante grande, sobre todo en tus familiares más directos, pero estoy seguro que es grande también en todo tu entorno, tus amigos, tus compañeros, tus asociaciones, tus federaciones, tu partido, tu pueblo, todos los “tus” que tenías a bien llevar en tus alforjas de caminar por la vida con ese caracter tan peculiar que te hacía ser así.

Ante todo quiero dar gracias a la vida por haberte conocido, no todo lo suficiente por los diferentes avatares de la vida como hubiese querido, pero si lo suficiente como para haber disfrutado durante el tiempo que caminamos juntos, por eso primo, acabo estas lineas pidiéndote lo que la letra de aquella canción…”yo no te pido que me bajes una estrella azul, solo te pido que me ilumines con su luz”.

Manolo (Ab-el-alqurq)