Un sabio griego hacía exploraciones por las tierras del Nilo. Muy satisfecho de su ciencia y de su filosofía, buscaba ufano por aquellas regiones oscuras los secretos que guarda la naturaleza.

En una ocasión tuvo que pasar un río y subió a una barca. El viejo barquero movía acompasadamente sus remos y miraba distraído las aguas. De pronto el sabio le preguntó:

-¿Sabes astronomía?

-No, señor.

-Pues has perdido la cuarta parte de tu vida. -¿Sabes filosofar?.

-No, señor.

-Pues has perdido otra cuarta parte de tu vida. -¿Sabes algo de la historia de este mundo?.

-No, señor.

-Pues has perdido otra cuarta parte de tu vida.

En esto, un golpe de viento zarandeó con estrépito la barca, la cual no resistió el golpe, dió la vuelta y los dos cayeron al agua. El barquero comenzó a nadar a grandes brazadas en busca de la orilla; el sabio se hundía sin remisión dando grandes gritos y luchando por salvarse. Entonces el barquero le preguntó:

-¿Sabes nadar amigo sabio?

-No, señor.

-Pues ha perdido usted toda la vida.

El sabio rey Weng quiso visitar la prisión de su palacio. Y comenzó a escuchar las quejas de los presos:

-Soy inocente- decía uno acusado de homicidio. -Terminé aquí porque quise asustar a mi mujer y sin querer la maté-.

-Me acusaron de soborno- dijo otro. -Pero todo lo que hice fue aceptar un regalo que me ofrecieron.

Todos los presos clamaban su inocencia al rey Weng. Hasta que uno de ellos, un jóven de poco más de veínte años dijo:

-Soy culpable. -Herí a mi hermano en una pelea y merezco el castigo. Este lugar me ha hecho reflexionar sobre el mal que causé.

-¡Expulsen a ese criminal de la prisión de inmediato!, gritó el rey weng. -¡Con tantos inocentes aquí, va a terminar por corromperlos!