Antigua entrada al pueblo por los conocidos como

En la imágen superior se observa la antigua entrada al pueblo por  el pozo concejo desde la zona conocida como los “descargaderos”, que era un punto de descanso para las mujeres que portaban sus cántaros de agua a la cabeza desde la fuente del caño y la primera construcción a la derecha es hoy el hotel “Machaco”

Los juegos del corral y otras cosillas

El los años 60, los juegos de los niños eran simples y divertidos, de cualquier cosa sacábamos un motivo para jugar, y un trozo de madera o una piedra con alguna forma parecida, podía ser un coche que andaba por caminos hechos en la tierra por nosotros mismos con nuestras manos o por simples juntas entre las lanchas de piedra del suelo que estaban unidas por cintas de cemento. Poco tardaban nuestras madres en tener que remendar las rodillas de los pantalones con parches de tela hasta que aparecieron las famosas rodilleras.

            Recuerdo que por aquellos tiempos el Reducto era también de tierra y en invierno, cuando llovía, se formaban innumerables charcos, que una vez pasada la lluvia servían también para jugar con ellos construyendo pozas con la tierra de alrededor y hacíamos una sucesión de pantanos de uno a otro charco (esto sin duda, debía ser la influencia que el NO-DO anterior a las películas o en los noticiarios de la época, casi todos los días informaba de la inauguración de algún pantano por la figura omnipresente de Franco).

            Por aquel entonces, los jardines que hoy se encuentran delante de la que antes era la pensión “Internacional”, eran una rampa de tierra y justo ahí es donde la mayoría de los niños de aquella zona, utilizamos para aprender a montar en bicicleta, lanzándonos desde lo alto en dirección a las laderas y el reto era, ver quien llegaba más lejos sin poner los pies en el suelo.

            Había pocos coches entonces en el pueblo, por lo que el Reducto era un lugar más donde jugar sin peligro y siempre estaba poblado de niños. En lo que hoy es el edificio de “Muebles Regino”, estaba una casa a medio construir que era de Don Daniel el médico y recuerdo perfectamente que la parte de abajo era utilizada para guardar un coche por alguien que ahora no consigo recordar y la parte superior tan solo tenía unas vigas en el aíre a las que se accedía por una ventana que existía en la parte del Reducto y por allí se entraban los muchachos más mayores hasta el final del edificio y furtivamente se echaban sus cigarrillos. A mi siempre me dio miedo caminar sobra aquellas vigas en el aíre.

Mientras tanto en el corral de la Posá del navajero, el pequeño mundo infantil siempre tenía alguna novedad o trastada en forma de juegos, como una que ocurrió en la azotea que en anterior capitulo mencioné y donde una de tantas veces de las que jugábamos a los indios, atamos a Rafi a un poste como habíamos visto en alguna película y para dar más realismo a la representación de la escena, a alguno de nosotros se le ocurrió embadurnar con pintura roja de la que estaba utilizando los padres de “Japaca” para pintar una tinaja (entonces había costumbre de pintar la parte de debajo de las tinajas de rojo), la cabeza de Rafi en  la que sus rizos quedaron pegados a la cara por el efecto de la pintura y que después del berrinche que pilló, le soltamos y se fue llorando al salón, donde se encontraban las personas mayores que en ese momento había en la casa. A su madre por poco le da algo, porque la primera impresión que se llevó la mujer, era que aquello que manaba por la cabeza de su hijo, sin duda, era sangre y por supuesto todos los demás desaparecimos de aquel corral durante días.

Otra de las muchos objetos que había en el corral de la Posá, era un Renault “Gordini” que había pertenecido a Andrés “el carpintero” y que seguramente al finalizar su vida útil como vehículo, éste lo había dejado definitivamente en el corral tal vez supongo como piezas de desguace para otro que tenía entonces en funcionamiento. En ese coche pasábamos horas y horas montados dentro del mismo y “viajando” a multitud de lugares tan lejanos en nuestro imaginario, como San Vicente de Alcántara, La Codosera y otros lugares que para los niños de entonces eran lejanos. También había un “Biscuter” que había sido de Juan el padre de “Juanitín” y “Japaca” y que nos servía atracción como si de un parque de viejos cacharros se tratara y que durante algún tiempo estuvieron acompañados de los restos del “Simca 1000” de Isidoro (mortero), hermano de Pepita y cuñado de Andrés, que por aquel tiempo, tuvo un accidente en la carretera de San Vicente, en una curva que hasta su supresión por el actual trazado de la carretera, para nosotros siempre pasó a denominarse, “la curva de Isidoro”, y es curioso pero las carreteras muchas veces llegan a tener zonas denominadas de una u otra forma por hechos que han ocurrido en las mismas, y en aquella época no había tantos accidentes como hoy en día.

            Por aquel entonces, por las escaleras de la Sacristía de la iglesia de San Mateo que dan a la plazuela del mismo nombre, se podía acceder a lo que era conocido como “El cuarto segundo”, que era una especie de local que había en la iglesia y que era destinado a actividades para los niños y jóvenes, con varios juegos de mesa para uso y disfrute de cualquiera que accediera al mismo. De este lugar los recuerdos son menos, pero creo que uno de los sacerdotes que había  por entonces era Don Miguel, que fue una persona muy querida por los alburquerqueños.

 Los tres amigos

Otra de las que liamos entonces fue cuando después de toda una tarde recogiendo cucarachas negras alrededor de la iglesia y guardarlas en una caja de zapatos, cuando la señá Antonia cerró su tienda y después de estar un rato sentada en el pollo conocido por su mismo nombre, se dirigió a casa de su prima Francisca a ver la tele, mientras tanto, el Rafalino y yo, nos dedicamos a meter todas las cucarachas que teníamos dentro de la caja, por un orificio debajo de la puerta de la tienda, infectándole de tan repugnantes “bichos” toda la tienda de ultramarinos. Esa noche yo me acosté rápido, sabía que sobre medianoche, esta mujer se iba a su casa y tenía que entrar por la tienda que estaba situada en una especie de zaguán. Unos gritos proferidos por una persona conocida se escuchaban calle arriba hasta llegar a la puerta de mi casa, inmediatamente, la puerta de mi casa se abrió y se escuchó una voz sofocada que decía: “Paula, Paula, porque eres tú, que si no, esta noche tu hijo y el sinvergüenza ese del Rafalino, iban a dormir en la inspección”.

Evidentemente, esa misma noche me tocó bajar “calentito” y tirando de una oreja a ver el resultado de la “fechoría” y allí estaba también Rafi que había corrido la misma suerte que yo, y enfrente un espectáculo desolador, todos los sacos de lentejas, azúcar, judías y tantos otros productos, estaban invadidos de cucarachas negras provocando a la vez repugnancia y admiración en todas las personas que allí se encontraban. A nuestras madres les tocó limpiar la tienda y poner aquello en su lugar. Eran cosas de niños, de niños de los de antes, de los que estábamos todo el día en la calle y no teníamos por más juguete que nuestra imaginación.

Entrábamos y salíamos de aquel corral siempre con la atenta mirada del señó José que miraba sentado en su taburete de mimbre similar a aquellas sillas del mismo material, pero los taburetes eran sin respaldo, siempre recordaré su imagen sentado en aquella esquina en la que hoy en día sería una locura sentarse, viendo como bajan los coches por la travesía del Reducto, como se llamaba mi calle entonces, con una frecuencia que antes sería impensable. Y allí, en esa misma calle intentamos aprender nuestros primeros equilibrios con una bicicleta, que no recuerdo bien, si mi madre o mi tía Felipa había conseguido en algún lugar, pero la cuestión es que aquella bici no tenía cadena, sillín ni frenos, con lo que a la dificultad de aprender a mantener el equilibrio, se añadían otras como tener que tirarse calle abajo, sin frenos y con una rodilla de llevar los cántaros en la cabeza por sillín. Primero subíamos a lo alto de la calle como cual remonte de estación de esquí y luego, armados de temeridad que no de valor, nos lanzábamos a hasta la plazuela, continuando luego por la calle del pozo concejo con las piernas abiertas y para detener aquel cacharro desbocado, clavar los pies en el suelo hasta su detención que solía acabar no mucho más allá de la carpintería del señó Polonio, padre de Andrés, que era otro de nuestros sitios de referencia. Una vez acabado el recorrido, bicicleta en mano y cuesta arriba a volver a empezar por otro que estaba esperando su turno para repetir la misma aventura.

Este era nuestro día a día en las calles aledañas al corral de la “Posá del navajero” en aquellos juegos donde todo era de todos y de los que seguiré reseñando anécdotas en posteriores capítulos, puesto que estos años de la infancia en Alburquerque dieron para algo más que unas breves líneas que estos espacios virtuales de Internet no aconsejan extender mucho debido a algo que hoy en día nos apremia más que nada, que es el tiempo.

            Y aún falta por venir “El King”…