1

(En mi primer viaje a Madrid en unas Navidades poco antes de que falleciera mi padre que se encontraba ingresado en el hospital y del que todav�a tengo recuerdos de viajar en un tren con locomotora de vapor y que entonces llegaba la estaci�n de Delicias).
(Mis problemas con los m�dicos)
����������� En aquellos a�os en los que jug�bamos tantas y tantas horas en aquel corral, iba transcurriendo el tiempo sin que pr�cticamente nos di�ramos cuenta, pero entre una y otra an�cdota al tiempo �bamos creciendo. Me pasaba a m� entonces, que cada dos por tres ten�a un accidente del tipo que fuera pero el caso es que casi siempre acababa en manos de Don Daniel y puntos de sutura al canto, por lo que hoy en d�a guardo en mi cuerpo las se�ales inequ�vocas de aquellos hechos. Me atropell� una motocicleta en la carretera� o lo que hoy en d�a es la Avda. Aurelio Cabrera, otro d�a me abr� la barbilla en un umbral al ir corriendo escondi�ndome de alguien, otra vez me cort� los dedos de una mano con las rebabas de un bid�n del que utilizaban los alba�iles para tener agua en las obras y as� hasta llegar a la que fue ultima incidencia de este tipo y por lo que Don Daniel dejo de coserme las heridas. Ocurri� que un d�a jugando en las ruinas de lo que era el antiguo pajar de la pos�, que hoy justamente ocupa el taller de construcciones met�licas de los hermanos Gamero, en una de esas se rompi� una viga y ca� rodando por las escaleras de dicho pajar con la consiguiente brecha en la cabeza, as� que el recorrido ya era conocido, calle del ayuntamiento adelante, paseo de la alameda y justo al terminar la calle de los curas y un poco antes de donde estaba la antigua sede del BBVA, all� ten�a su consulta el famoso Don Daniel. All� me llev� mi madre otra vez apurada porque ya digo que cuando no era una, era otra pero casi todos los d�as pasaba algo en ese aspecto. Don Daniel se puso manos a la obra y ya tratando el caso con cierta familiaridad, pues ya era cliente conocido, el caso es que llegado un momento, le dijo con seriedad a mi madre�, �Paula, yo a este ni�o ya no le coso m�s, porque ya no hay donde coserle, as� que la pr�xima vez que lo traigas con otra herida, z�s�, corto por lo sano y le corto la cabeza y ya estᔅ, bufff, en esos momentos un escalofr�o recorri� mi cuerpo y sin decir palabra esper� a que terminara el hombre su trabajo y pensativo junto a mi madre me fui para casa. Aquellas palabras de Don Daniel penetraron silenciosamente en mi mente y literalmente me acojonaron, porque el caso es que nunca m�s volv� con una herida o pitera a aquella tenebrosa consulta, aquel fue el final de mi relaci�n con tan recordado personaje de Alburquerque.Entre tanto segu�a pasando el tiempo y los personajes que poblaban aquel mundo del la pos� del navajero, segu�an transitando por la misma y al tiempo, tambi�n fueron desapareciendo. La marcha del se�� Paco, la muerte del se�� Manu� �el mama�, la que tambi�n ocurri� del se�� Jos� el navajero y de todos aquellos �se qued� unos a�os m�s entre nosotros el ya anteriormente mencionando en capitulo anterior, el se�� Jos� �buenapersona�. El se�� Jos� era un hombre de costumbres fijas, como pienso que somos la mayor�a de lo humanos y que adem�s con la edad cada vez se va acentuando m�s la rutina del cada d�a. El caso es que este hombre pasaba gran parte de la ma�ana o de la tarde sentado en alguno de los taburetes del sal�n que o bien sacaba al corral o a la plazuela, digo yo que en funci�n de lo que le apeteciera en cada momento, tomar sol o sombra, y pasaba largas horas musitando para si mismo coplillas y romances de los que nosotros alguna vez le incit�bamos y nos los cantaba m�s fuerte con lo que acab�bamos ri�ndonos y el como que sal�a detr�s dici�ndonos �ven ac� pac�, so jo�o porculo�, con la consiguiente estampida del lugar por parte nuestra. Por la tarde, el se�� Jos� ten�a otro ritual, que era ir a la plaza, sentarse en el and�n y esperar a que llegara la �burranca� que era como �l denominaba a la �Estellesa�. En este aspecto me recuerda los hombres que menciona Lu�s Landero en �Caballeros de fortuna�, que mov�an acompasadamente sus pies en virtud a la novedad que se esperara e iban produciendo un desgaste con el paso de los a�os en la piedra que se hallaba bajo los mismos. Pues el se�� Jos� era uno de ellos, uno de tantos ancianos que se sentaban en el borde del anden antes de que pusieran la barandilla que existe hoy en d�a y desde luego, mucho antes de que los autobuses dejaran de parar en la plaza.Despu�s se pasaba por casa de Cabrera a buscar la leche y seguidamente camino de la pos� y mientras tanto, siempre musitaba alguna coplilla por el camino con su andar peculiar como cuan vaquero del oeste recorr�a la calle principal del poblado para batirse en alg�n duelo. Seguidamente preparaba su plato de pan migado en leche y un rato despu�s se echaba a dormir en una cama que hab�a al fondo a la izquierda del sal�n de la pos�, y un poco m�s tarde se le iban uniendo a su sue�o, los tres gatos que todas las noches le acompa�aban.
Llegan tambi�n a lo largo de los primeros a�os de un ni�o los a veces inevitables encuentros desagradables con esos personajes de bata blanca que son los m�dicos y sobre todo esos que te miraban la garganta con aquel espejo en la frente en que aparte de parecerte raro ya de por si el como iban vestidos, no digamos cuando te lo encontrabas frente a ti con aquello en la cabeza que parec�a un marciano. Y es que yo en aquellos a�os sufr� como muchos ni�os los problemillas con las famosas am�gdalas y vegetaciones, por lo que le indicaron a mi madre que deb�an operarme de la garganta. Con esto empezaron mis primeros viajes a Badajoz a visitar al especialista que deb�a operarme y que a�n recuerdo hasta su nombre, el doctor Elvira Pis�n en el antiguo Hospital Militar de Badajoz y vaya sorpresa, cuando el hombre me hizo la primera observaci�n le dijo a mi madre que no pod�a operarme, porque estaba resfriado y para ello ten�a que esperar a estar totalmente repuesto del resfriado. En ese momento me di cuenta que la forma de evitarle y por tanto evitar aquella terrible operaci�n, era estar continuamente resfriado, por lo que cada vez que se aproximaba la fecha de viajar a Badajoz y aprovechando las continuas lluvias del oto�o, este que suscribe se pon�a debajo de las canales de la iglesia de San Mateo y totalmente empapado llegaba a casa con un resfriado para unos cuantos d�as provocando el terrible disgusto de mi madre que una y otra vez se empleaba a fondo con su zapatilla en mi trasero. Todav�a la recuerdo busc�ndome un d�a lloviendo a cantaros por los descargaderos justo al lado de lo que hoy ocupa las instalaciones del �Hotel Machaco� y por donde discurr�a un regato de aguas �churras� que llam�bamos entonces a las aguas procedentes del lagar de Oliveros que estaba m�s arriba. All� estaba yo, escondido tras una piedra moj�ndome todav�a m�s y ella igualmente porque hab�a salido detr�s de m� sin paraguas y sin nada, y ya os pod�is imaginar como acab� aquello. Al final mi madre opt� por encerrarme pr�cticamente en cuarentena durante unas cuantas semanas y mis �nicas salidas de casa eran para ir al m�dico, luego la consiguiente vistita a otro personaje infame que era el practicante, Don Rafael que ten�a su consulta en la calle Monjas, justo al lado de lo que era la escuela de �La Tahona�� y as� pasando el tiempo y por tanto pasando el tiempo de lluvias y de esta manera ir cur�ndose los resfriados hasta que por fin, un doctor amigo de la familia, Gonzalo Barrantes acab� para siempre con el problema en el desaparecido hospital �18 de Julio� de Badajoz. Tengo que decir que fui vilmente enga�ado a aquella cita donde me iban a regalar balones, me iban a dar no se cuantos helados de todos los sabores del mundo y no se cuantas cosas m�s �y que al final solo se trataba de una treta organizada para llevarme a aquel �matadero�.

Mientras tanto en el corral segu�an pasando cosas, en el corral iban transcurriendo nuestros primeros a�os y nos hac�amos mayores y casi sin darnos cuenta fue llegando la escuela, los horarios y las primeras obligaciones. Asimismo el mismo entorno iba sufriendo cambios, pues el antiguo pajar, lo compr� Felipe Gamero para ampliar su fragua y convertirlo en taller de construcciones met�licas, Andr�s construy� su casa en la parte de arriba del sal�n y la cuadra tambi�n tuvo sus reformas para ser almac�n de madera y aqu� es donde vimos los ni�os de la pos� algo que tan s�lo hab�amos visto en las pelÃÂculas de miedo: esqueletos.Las obras de reforma de la vieja cuadra dejaron al descubierto un mont�n de esqueletos humanos que aparecieron bajo el suelo, alguno de ellos con orificios en el cr�neo que sin duda dejaban entrever que hab�an tenido una muerte violenta. Nosotros mir�bamos atentos con los ojos como plato aquellas excavaciones y traslado de aquellos huesos y en nuestra imaginaci�n enseguida se encend�a la idea de la cruenta batalla que tuvieron que librar aquellos en nuestro Alburquerque con su castillo, sus mazmorras, sus murallas, sus asedios y todo un sin fin de sue�os que siempre estaban ligados a la eterna silueta del castillo que presid�a la imagen de nuestra infancia. Como sin duda sabr�an nuestros mayores, todo el entorno de la iglesia de San Mateo debi� ser en tiempos, el cementerio de la villa y por tanto todo ese subsuelo estaba lleno de restos humanos, que incluso en otras obras posteriores en mi casa tambi�n llegaron a aparecer.�� Por supuesto para que decir que en todo este tiempo, fu� pasando por toda clase de enfermedades infantiles como el sarampi�n o la tosferina de la que tengo el recuerdo de que adem�s de procurar nuestros mayores juntarnos a todos� para que pas�ramos las enfermedades contagiosas al mismo tiempo y as� quit�rselas de encima cuanto antes, a mi particularmente cuando pas� la tosferina, me llevaban todas las tardes a casa de unos parientes que ten�an una burra parida y que alguien orde�aba para darme a beber un vaso de leche de burra que lo puedo recordar a�n caliente reci�n salido de las ubres de dicho animal y que para mi era una aut�ntico mal trago, pero esos eran remedios caseros que hab�a que pasar te gustara o no te gustara.     Â

En ese tiempo, entre juego y juego, entre una serie y otra en la tele de Francisca, la escuela de do�a Sara en la calle derecha, ya que mi madre no consigui� nunca que fuera al colegio de las monjas donde trabajaba mi t�a Felipa, porque cada vez que me llevaba, yo me escapaba del colegio en el primer recreo, as� que tras este panorama, mi madre decidi� llevarme a la escuela de do�a Sara que estaba en la calle derecha ya que en aquel tiempo todav�a no estaban terminados los grupos nuevos que se estaban construyendo en el campo de f�tbol. Las escuelas estaban desperdigadas por varios sitios del pueblo, por lo que esta fue la primera vez que nos separaron a los ni�os del corral, ellos en el colegio de las monjas y yo en la escuela de do�a Sara.
Luego con el tiempo lleg� la primera comuni�n.