Había una vez una pata que había puesto cuatro huevos…

Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató.

Por alguna razón no llegó a comerse los huevos antes de huir, pero estos quedaron abandonados en el nido.

Una gallina clueca que pasó por allí, encontró el nido sin cuidados y su instinto la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos.

Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina como su madre y caminaron en fila tras ella.

La gallina contenta con su nueva cría, los llevó hasta la granja..Todas las mañanas después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el piso y los patos se esforzaban por imitarla.

Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra un mísero gusano, la mamá sacaba para todos sus polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos en sus propios picos.

Un día, como otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los alrededores de la granja.

Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila.

Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos de un salto se zambulleron con naturalidad en la laguna, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que salieran del agua.

Los patitos nadaban alegres chapoteando y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran.

El gallo apareció por los gritos de la madre y se percató de la situación.

-No se puede confiar en los jóvenes -fue su sentencia- son unos imprudentes.

Uno de los patitos que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo:

-No nos culpen a nosotros por sus propias limitaciones.

Aquí estoy yo, lamiendo mis heridas al sol de una cálida tarde de enero.

Como veis soy un gato, un gato al fin y al cabo de campo aunque vivo ocasionalmente en un núcleo de viviendas de humanos en el medio rural. Como buen gato, soy libre e independiente, ocasionando para mis vecinos humanos las mínimas molestias posibles, yo tan solo visito de vez en cuando el platillo que me tienen puesto en el corral y cuando se han acordado de echar algo, pues como, luego duermo un rato, en ocasiones este rato suele ser prolongado, dicen los humanos que algunos gatos dormimos casi dieciséis horas al día, pero yo bien creo que exageran, además siempre tenemos que buscar lugares recónditos donde dormir porque a los humanos sobre todo rurales, les molesta bastante que durmamos sobre sus camas o sillones, por lo que los gatos camperos como yo aprovechamos cualquier sitio para echar la cabezadita.

Como echo de menos a veces no ser un gato urbano, pero de los que tienen casa ¿eh?, que para buscar entre cubos de basura siempre preferiré cazar por el campo, que quede claro esto, pero un gato urbano con casa, es diferente, suelen estar bien cuidaditos, comer grandes manjares de esos que salen en la tele, les ponen nombres finos, como “Muffi”, “Silver”, “Tania”, “Wido”, etc. etc., yo sin embargo por mis dominios, es decir el campo, casi no tenemos nombre, simplemente nos dicen “gato”, como mucho nos ponen nombres no tan finos como “Eulogio”, “Frasco”, “Juncio” etc. etc., y por supuesto una palabra que nos produce gran pavor… “saaappeee” ¿a quien se le ocurriría?, porque esta palabra muchas veces viene acompañada de un palo, piedra o bota vieja que nos lanzan cuan misil tierra-aíre.

Los gatos rurales tenemos eso si, la ventaja de callejear o campear libremente, no solemos llevar collares, ni chorradas de esas y salimos y entramos en casa a libre albedrío. Últimamente en esto hemos perdido un poco con las nuevas casas de los humanos en los pueblos, porque yo no se porqué pero ya no hacen puertas con “gateras”, si con esos agujeros que solían tener las viejas y grandonas puertas de las casas de los pueblos en su parte inferior y por la que podíamos entrar y salir cada vez que nos apeteciera. Será a lo mejor que ya no le somos tan imprescindibles a los humanos en las casas de los pueblos, porque cada vez hay menos ratones y es que con tanto cemento en las calles, caminos, casas, urbanizaciones y similares, esos despreciables seres de orejas grandes y paletas dentales desmesuradas para su tamaño, han emigrado a campos lejanos y ya no incomodan tanto a los humanos.

Como podéis observar, aquí estoy convaleciente y lamiendo mis heridas al sol después de algunas noches de correrías por esos campos de Dios, porque por si no lo sabíais el mes de Enero dicen los humanos que es el mes de los gatos, que es cuando nuestras féminas están en celo y nosotros andamos a buscarnos la vida para hacer perdurar nuestra especie, ¡que vida esta!, siempre por esos andurriales haciendo frente a mil y un peligro en forma de otros gatos más pendencieros que yo, perros que no nos dejan vivir, esos si que merecen un comentario a parte, por “pelotas” y “rastreros” de los humanos, ¡si yo hablara…!, pero no quiero extenderme sobre “esos” que no son más que meros comparsillas en medio de nuestro mundo rural gatuno.

A veces echo en falta a alguien que me acaricie el lomo, alguien que me dejara sentarme enroscado en sus piernas mientras se calienta al brasero, porque eso si, los gatos somos un poco frioleros y siempre nos gusta arrimarnos a alguien para compartir su calor, pero en este mundo rural nuestro eso es difícil. Aquí estoy yo solo con mis heridas, que si hubiese sido un gato de ciudad de los que tienen casa, seguramente mi dueña me habría llevado al veterinario, el médico ese de los animales y me habrían curado con mimo y atención, pero no, yo soy un gato campero y se me tienen que curar solas las heridas y aunque tenga una oreja medio desprendida, un ojo cerrado por un arañazo infame y rastrero y la boca medio partida, ahí estoy, al sol del cálido invierno del oeste extremeño-portugués viendo pasar el tiempo y a algún que otro humano tonto que como este me apunta con un extraño objeto que ellos llaman cámara de fotos, ¡que mira que tienen los humanos manía de apuntarse unos a otros con ese tonto objeto!, y hala a formar parte de su inventario particular de objetos y cosas humanas.

Bueno, que digo yo, que voy a seguir durmiendo un rato a ver si echo las famosas dieciséis horas que dicen que dormimos los gatos.

* Eulogio es un gato medio portugués, medio español, vive a camino entre El Marco portugués y El Marco español, y ve pasar el tiempo desde su atalaya al lado del camino que conduce al puente sobre el regato “Abrilongo”.